SEMPER DESCENDENS



En Semper Descendens, la memoria se despliega como un territorio en disputa. Las tres propuestas que conforman el proyecto —de Laiza Onofre, César Herrera y Emma Omaña— exploran distintas formas de descenso: hacia el olvido, hacia el archivo y hacia el cuerpo.

En Aquí, todos olvidamos, Laiza Onofre convierte a Monterrey en un organismo enfermo que respira su propio deterioro. Su serie de dibujos y bitácoras traza una poética del extravío, donde la contaminación se vuelve metáfora de una memoria colectiva que se desvanece.

Desde otro frente, Tarjetas portales de César Herrera indaga en los mecanismos del archivo como instrumento de poder. A través de postales intervenidas, rescata los espacios incómodos de la ciudad, aquellos que el relato oficial prefiere silenciar. Cada imagen abre una fisura: portal hacia lo que fue borrado y a la vez resistencia ante la cronofagia del olvido.

Finalmente, Muero León de Emma Omaña traslada la reflexión a la esfera del cuerpo y del tiempo cotidiano. Su acción performática denuncia la violencia estructural de la movilidad urbana, donde la espera se vuelve símbolo del desgaste ciudadano.

Juntas, las tres obras componen un mapa sensible de la decadencia urbana y la persistencia de la memoria. Semper Descendens no es solo una caída: es también un llamado a mirar desde las ruinas, a reconocer en el descenso la posibilidad de recordar, resistir y reconstruir.




Emma Omaña | Muero León. 2025

La propuesta de Emma Omaña parte de un gesto directo y contundente: visibilizar, desde el cuerpo y la acción, la precariedad de la movilidad en Nuevo León. Muero León denuncia la violencia estructural que atraviesa la vida cotidiana de los ciudadanos, haciendo evidente que el colapso del transporte público no es un problema aislado, sino síntoma de una cadena más amplia de crisis que incluyen inseguridad, corrupción, contaminación y abandono institucional.

A través de videos performáticos, Omaña se integra a las interminables filas de usuarios que esperan el transporte urbano en el área metropolitana. La acción, aparentemente simple, se transforma en un acto de resistencia y de denuncia: el tiempo muerto frente a la espera se convierte en una metáfora del desgaste ciudadano y en un retrato de la indiferencia gubernamental. El espectador, confrontado con la duración de la fila, es forzado a reconocer la dimensión de la violencia que implica someter a miles de personas a esta experiencia diaria.

El performance desarma así el lugar común de la denuncia política para situarla en el terreno de lo sensible. Si resulta incómodo observar a alguien formado durante más de cuarenta minutos, Omaña nos recuerda que lo verdaderamente insoportable es que este ejercicio sea rutina para quienes dependen del transporte público. El cuerpo del artista deviene cuerpo colectivo, encarnando la frustración y el hartazgo de una ciudadanía que se muere, lentamente, en la espera.

En ese sentido, Muero León no es solo un registro de la crisis de movilidad: es un testimonio de cómo la violencia estructural se inscribe en el tiempo, en el cuerpo y en la memoria de una ciudad. Una pieza que nos obliga a mirar, sin evasiones, la crudeza de aquello que a menudo se normaliza en el día a día.

Daniel Loa. Curador






Laiza Onofre — “Aquí, todos olvidamos”

La obra de Laiza Onofre se sitúa en un terreno liminal entre la memoria y la pérdida, entre la identidad y la contaminación. Su serie de dibujos y bitácoras nos confronta con un escenario inquietantemente cercano: una ciudad que, al respirar un aire tóxico, olvida quién es. Monterrey aparece aquí como metáfora y como testimonio, como paisaje deteriorado y como cuerpo enfermo.

El proyecto parte de una intuición poderosa: la memoria no solo se erosiona en la mente, también en el espacio que habitamos. La saturación visual de panorámicos, el exceso de tráfico, la densidad gris del aire contaminado, configuran una narrativa de demencia colectiva en la que los habitantes, desprovistos de identidad, deambulan en un entorno en ruinas. La ciudad se convierte en un organismo sin recuerdos, incapaz de reconocerse en su propio reflejo.

En este universo distópico, Onofre abre una grieta poética con la presencia de una pasiflora: imagen de claridad fugaz, instante de lucidez en medio de la confusión. Tal como en los lapsos de memoria de quienes atraviesan la demencia, esta flor simboliza un respiro, un recordatorio de que todavía existe la posibilidad de encontrar consuelo y reconstrucción.

La propuesta se lee así como una advertencia y un deseo: advertencia sobre la inminente consecuencia de vivir en un entorno contaminado, pero también deseo de recuperar el aire limpio y la memoria compartida. En ese cruce, la obra de Onofre nos invita a repensar la relación íntima entre cuerpo, ciudad y medio ambiente, situándonos frente a la urgencia de recordar antes de que el olvido se vuelva permanente.

Daniel Loa. Curador





César Herrera — Una cicatriz que no lava el olvido

La investigación de César Herrera tensiona la relación entre archivo, memoria y poder. Su propuesta parte de un formato aparentemente inocente —la tarjeta postal— para confrontarnos con una paradoja: ¿qué lugares elegimos recordar y cuáles preferimos ocultar? En lugar de mostrar paisajes turísticos o símbolos de orgullo patrimonial, Herrera coloca en primer plano aquellos espacios marcados por la violencia, la represión y la incomodidad histórica, señalando las fisuras en la narrativa oficial de la ciudad.

El trabajo se inscribe en una reflexión crítica sobre el archivo como dispositivo de dominación. Si, como apunta Michel Foucault, el archivo delimita lo que puede ser dicho, Herrera nos recuerda que también delimita lo que se puede olvidar. En sus tarjetas, el archivo deja de ser un repositorio neutral para evidenciarse como construcción ideológica, donde el Estado selecciona, clasifica y legitima ciertos relatos al tiempo que borra otros.

Al reapropiar el formato de la postal, la obra revela la ambivalencia del archivo estatal: soporte que le otorga existencia y legitimidad, pero también espacio donde se inscriben sus contradicciones, pugnas y violencias. Cada imagen se convierte en un portal que conecta con aquello que ha sido ocultado, rehusando la cronofagia del poder descrita por Achille Mbembe: ese consumo del tiempo que anestesia el pasado y libera al Estado de su deuda con la historia.

La propuesta de Herrera activa así un gesto doble: por un lado, cuestiona el archivo como instrumento de control; por otro, reivindica la potencia de los documentos y los espacios incómodos como territorios de resistencia. En ese tránsito, la obra invita al espectador a mirar la ciudad no solo a través de sus emblemas celebratorios, sino desde las huellas incómodas que persisten y reclaman ser recordadas.

Daniel Loa. Curador